«¿Con que V. ya estará prevenido de su blondo pelucón para encasquetársele como los demás golillas? Pues, no señor: no se corte V. el pelo: yo se lo mando. Haga que se le ricen en la espalda como a los ministros del Parlamento de París, y comience a desterrar tales zaleas, que en nada contribuyen al decoro y dignidad de la toga.» El Conde de Aranda a Gaspar Melchor de Jovellanos
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sábado, 1 de febrero de 2014
El adiós de Pedro J.
Dicen por ahí, a
mano izquierda, lejos, donde los chinos, que cuando el discípulo está preparado
aparece el maestro. Mi Bruce Lee fue de papel. Me tropecé con él en el otoño de
89 recién licenciado en la Universidad. Un
periódico salía a la calle y yo me internaba en El Mundo. Aquellos titulares
como bombas y aquel columnismo de trinchera conformaron, en la parte que dejan
los genes, mi perfil ciudadano. Mi largo periodo en el paro (yo soy de los que
se curtieron esperando uno de los 800.000 puestos de trabajo del Gonzalato, ¡cuidadito
gamonales!), el paro, decía, lo pase subrayando temarios de oposiciones y
devorando columnas de papel. Columnas de más o menos fuste, con más o menos
volutas, pero que con el tiempo se decantaron en tres órdenes fundamentales:
Umbral, Burgos y Albiac.
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